Hoy me he levantado
con una noticia relacionada con San Juan de la Rambla, municipio vecino
del que me acoge desde hace años, Icod de los Vinos. La noticia veía la luz en
el diario digital “La voz de Icod”.
El diario comunicaba la decisión de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de dicho
pueblo de no promocionar “tradiciones anglosajonas”, refiriéndose esencialmente
a la fecha, ya tan de moda en nuestros calendarios del 31 de octubre y a la
lúdica celebración de Halloween. La razón que apoyaba esta decisión no era otra
que la de sustituir el paganismo y la frivolidad de la sátira que expresa
Halloween hacía el mundo de los vivos, con sus calabazas, fantasmas y demás
seres de las tinieblas, por los tradicionales “Panes de Dios” y “Los Santitos”,
tan de la tierra. De nuevo la calma
regresaba a las conciencias, copiando, casi al milímetro el rito de hacer ir a
los niños y niñas del pueblo por las casas de sus habitantes pidiendo
caramelos, pero esta vez si, bajo el patrocinio religioso de nuestros
familiares santos católicos, apostólicos y romanos, bajo el patrocinio de lo
decente y nuestro, de lo que dios manda.
La pregunta o las
preguntas que bruscamente irrumpen en mi cabeza son las siguientes…¿Qué hace
que una tradición se observe como válida por la comunidad que la mantiene viva
a lo largo del tiempo?; ¿Qué valor positivo aporta el origen geográfico de una
tradición, a la hora de decidir si se potencia o no la misma?; ¿Qué justifica
su existencia, o es qué se justifican por sí solas?, y por último, ¿Qué papel
juegan dentro de nuestra propia evolución?
Estas preguntas, qué
muy bien pudiéramos agrupar en una sola, nos introducen en el antiguo debate entre
dos interlocutores habituales, “el discurso mítico” y “el discurso racional”.
En relación a la
primera pregunta, mi opinión es la siguiente: lo que debe justificar la promoción de una tradición en una comunidad es
su capacidad de mejorar su nivel de felicidad, entendiéndose
ésta como un conjunto de condiciones, a saber, aquellas que materialmente
garantizan una dignidad en la vida humana y aquellas que moralmente garantizan
también un clima de paz, libertad, tolerancia, diversidad, comunicación,
conocimiento y evolución para la misma.
En definitiva, en
ningún caso, el valor de las tradiciones puede originarse en el arraigo geográfico
e histórico de las mismas. En este caso, el antiguo debate habría quedado
sentenciado a favor del discurso dogmático de lo mitológico, de lo mágico, de
lo supersticioso, de lo irracional, de lo injusto para todos. Y desde este
resultado podría de nuevo, y de hecho lo hace, vencer la sin razón. La sin
razón de lo xenófobo, de la endogamia, de la barbarie, y me vienen directamente
a la cabeza, las corridas de toros. La sin razón de la ignorancia de lo
diferente, de la falta del sentido del humor, de la falta de una sana ironía,
de una también sana autocrítica. La sin razón de la repetición por la
repetición, …en fin, de lo bobo.
Lástima que en
nuestros alrededores vivamos ingenuamente bajo la dictadura del discurso de “la
tradición”.