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martes, 1 de noviembre de 2011

Las tradiciones y el discurso de “lo irracional”


Hoy me he levantado con una noticia relacionada con San Juan de la Rambla, municipio vecino del que me acoge desde hace años, Icod de los Vinos. La noticia veía la luz en el diario digital “La voz de Icod”. El diario comunicaba la decisión de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de dicho pueblo de no promocionar “tradiciones anglosajonas”, refiriéndose esencialmente a la fecha, ya tan de moda en nuestros calendarios del 31 de octubre y a la lúdica celebración de Halloween. La razón que apoyaba esta decisión no era otra que la de sustituir el paganismo y la frivolidad de la sátira que expresa Halloween hacía el mundo de los vivos, con sus calabazas, fantasmas y demás seres de las tinieblas, por los tradicionales “Panes de Dios” y “Los Santitos”, tan de la tierra.  De nuevo la calma regresaba a las conciencias, copiando, casi al milímetro el rito de hacer ir a los niños y niñas del pueblo por las casas de sus habitantes pidiendo caramelos, pero esta vez si, bajo el patrocinio religioso de nuestros familiares santos católicos, apostólicos y romanos, bajo el patrocinio de lo decente y nuestro, de lo que dios manda.

La pregunta o las preguntas que bruscamente irrumpen en mi cabeza son las siguientes…¿Qué hace que una tradición se observe como válida por la comunidad que la mantiene viva a lo largo del tiempo?; ¿Qué valor positivo aporta el origen geográfico de una tradición, a la hora de decidir si se potencia o no la misma?; ¿Qué justifica su existencia, o es qué se justifican por sí solas?, y por último, ¿Qué papel juegan dentro de nuestra propia evolución?

Estas preguntas, qué muy bien pudiéramos agrupar en una sola, nos introducen en el antiguo debate entre dos interlocutores habituales, “el discurso mítico” y “el discurso racional”.

En relación a la primera pregunta, mi opinión es la siguiente: lo que debe justificar la promoción de una tradición en una comunidad es su capacidad de mejorar  su nivel de felicidad, entendiéndose ésta como un conjunto de condiciones, a saber, aquellas que materialmente garantizan una dignidad en la vida humana y aquellas que moralmente garantizan también un clima de paz, libertad, tolerancia, diversidad, comunicación, conocimiento y evolución para la misma.

En definitiva, en ningún caso, el valor de las tradiciones puede originarse en el arraigo geográfico e histórico de las mismas. En este caso, el antiguo debate habría quedado sentenciado a favor del discurso dogmático de lo mitológico, de lo mágico, de lo supersticioso, de lo irracional, de lo injusto para todos. Y desde este resultado podría de nuevo, y de hecho lo hace, vencer la sin razón. La sin razón de lo xenófobo, de la endogamia, de la barbarie, y me vienen directamente a la cabeza, las corridas de toros. La sin razón de la ignorancia de lo diferente, de la falta del sentido del humor, de la falta de una sana ironía, de una también sana autocrítica. La sin razón de la repetición por la repetición, …en fin, de lo bobo.

Lástima que en nuestros alrededores vivamos ingenuamente bajo la dictadura del discurso de “la tradición”.